Un hombre de traje camina al fondo de la calle; está cansado, mas no ha llegado al deber ser. Su reloj marca las 5:30 p. m., ya es tarde para el café, para la vida, de hecho. El maletín le pesa, sus pasos, mas aún falta para arribar a casa; hace una pausa, repasa lo ocurrido hasta ese entonces y recuerda el ciclo habitual y la rigurosa realidad le hace entender que el punto en el que se encuentra es, en sí, el mismo que el de la mesa, el del baño, de la cama, la oficina, el del monitor, nada nuevo ha pasado en la última década, hace años que repite minucioso cada acto, sin pecado, impoluto, perfecto. A dos cuadras de su hogar, se decide a cruzar, como siempre, la avenida. El semáforo en rojo le invita a que pase; sin embargo, y en contra de la costumbre, de la regla, un conductor ignora la luz y le atropella. Todo vuela por los aires: facturas por pagar, cheques, tarjetas, deudas, papeles y más papeles, y él y su cuerpo irremediable. La gente se...